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Más grave que el 23-F: Anatomía de otro instante

“Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”. Esa frase forma parte del discurso televisado de Adolfo Suárez del 29 de Enero de 1.981, donde anunciaba su dimisión. Finalizaba así su presidencia del gobierno, iniciada en Julio de 1976, y continuada ya en periodo democrático tras ganar las elecciones de Junio de 1977 y las posteriores de Marzo de 1979.

Suárez fue por tanto cinco años presidente del gobierno de enorme transformación en España; no solo social, sino fundamentalmente política y legal, con desarrollo de libertades y pluralismo político, cristalizada en el pacto de concordia entre españoles que fue la Constitución de 1978.

Al dimitir Suárez se puso en marcha el mecanismo constitucional para la elección de un nuevo presidente; así sucede en caso de elecciones generales, fallecimiento o dimisión de un presidente.

 En 1981 España era una joven pero plena democracia, con dos amenazas políticas: sobretodo el terrorismo abertzale-marxista de ETA y también las amenazas nostálgicas franquistas desde algunos estamentos del ejército.

Suárez estuvo como presidente en funciones desde el 29 de Enero hasta el 25 de febrero, en que fue investido Leopoldo Calvo-Sotelo. Éste no pudo ser investido en la primera votación, al no lograr mayoría absoluta convocándose un segundo pleno. El día establecido para la segunda votación fue la tarde del 23 de febrero de 1981, fecha ya siempre recordada en nuestra historia. El periodista y escritor Javier Cercas describió en su libro Anatomía de un instante, auténtico best-seller la crónica, la anatomía, y yo diría también que la etiopatogenia y fisiopatología de los sucesos acaecidos en el Palacio del Congreso aquella tarde noche en que el gobierno en pleno y los diputados fueron secuestrados; una rebelión, el ataque a las instituciones democráticas más grave del régimen de libertades del 78.

¿Podemos seguir afirmando hoy lo mismo? ¿Es el intento de golpe del teniente coronel Tejero, de los generales Armada y Milans del Bosch la mayor amenaza a la estructura política de nuestra España democrática contemporánea? Me atrevo a afirmar que ya no; los sucesos del 23-F no han sido los más graves en sus consecuencias para la alteración de nuestras instituciones del Estado.

Aquella irrupción de una fuerza armada en el Congreso, tuvo gravedad extrema. Aquel 23-F fue juzgado y sentenciado por delitos de rebelión, adhesión a la rebelión y auxilio a la rebelión; sentencia firme del Tribunal Supremo en Abril 1983.

Sin embargo, esa agresión a la democracia, tuvo mucha menor relevancia práctica que el actual movimiento del PSOE actual y su candidato Sánchez a presidente del gobierno. El asalto de Tejero y los tanques en Valencia de Milans del Bosch, fueron agresiones intensísimas en un periodo breve de tiempo, y sobretodo -y esto es lo relevante- sofocadas con enorme eficacia por el Estado democrático. Dos figuras sobresalen: Juan Carlos rey, en sus decisiones (Gobierno provisional de Subsecretarios, Junta de Jefes Estado Mayor, Capitanías Generales) y en su discurso televisado a la nación; además emergió gigante la persona de Suárez presidente en funciones, pero pleno de fuerza moral.

Suárez sentado en aquel desierto de escaños vacíos, muestra como afirma Javier Cercas, un gesto de coraje: “(…) permanecer sentado en medio de la refriega constituía una temeridad lindante con el deseo de martirio”.

Hay veces en las que un presidente, aunque sea en funciones, se la tiene que jugar. Suárez lo sabía, no sólo intelectualmente, sino que se comportó de tal convicción, gallardamente, sin ceder. El no se iba a arrodillar, no iba a ponerse genuflexo, no iba a claudicar ante el chantaje y la amenaza. No iba a consentir un gobierno de cualquier manera. Hoy y siempre todos se lo agradecemos; la historia, España se lo agradece. Ese instante, no es ya anatomía, es psicología política y altura moral. Necesitamos líderes, no solo agradables a la vista, sino que den la talla, y que cumplan lo que primero prometieron: Guardar y hacer guardar la Constitución.

Leopoldo Calvo-Sotelo no logró la mayoría absoluta en la primera votación (18 febrero) pues a sus 169 votos, le faltaban 7 votos. 7 votos, los mismos que requiere Sánchez del partido Junts del prófugo del maletero, Puigdemont.

Pedro Sánchez se encuentra a día de hoy en funciones, igual que estaba Suarez el 23-F, lleva cinco años de presidente, igual que Suárez, y necesita esos 7 votos de Junts, aparte de al menos otros 13 indepes y filoterroristas (ERC y Bildu), amén de los jetzales del PNV.

Sánchez no fue amenazado hoy por ningún subfusil, pero sus rodillas tiemblan ante el chantaje y claudica, se baja los pantalones para realizar con ingeniería legal una ley de amnistía, que deje en papel mojado sentencias firmes. Tejero, Milans, Armada y cía fueron condenados por rebelión. Hoy en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo se decide una investidura tras llevar ya un año derogada la sedición y rebajada malversación, y así son entelequias no aplicables a los indepes convictos, fugados o procesados. Pura maldad y corrupción política; a los españoles de hoy nos quieren como a los diputados del 23-F, ponernos de rodillas.

23-F-1981: Suárez, anatomía de un instante. 15-N-2023: Sánchez, anatomía de otro instante. Ese instante de risa nerviosa y actitud genuflexa por 7 votos 7 a cambio de incumplir la ley, un do ut des indigno. Anatomía patológica de ese instante: Sánchez riéndose en la tribuna de oradores de todos nosotros; la tribuna que también ocupó Tejero, pistola en ristre, hoy es risa burlona y autosuficiente del candidato Sánchez.

En un debate televisivo Sánchez llamó a Rajoy indecente; con todas las letras. Ahora la indecencia es su carcajada ante los españoles, pactando eliminar la pena, el delito y el sursumcorda. Y cederá sucesivamente lo que sea menester: reconocimiento de la nación catalana y vasca, cláusulas forales, mayor blindaje competencial autonómico, los TSJ como últimas instancias para las sentencias, dejando al Supremo sólo para unificar doctrina, la creación de un CGPJ catalán, una agencia tributaria catalana… Todo eso está o estará muy pronto en marcha realizando de facto una reforma constitucional encubierta, desde dentro por la puerta de atrás.

Ríase Sánchez, ya lloraremos todos pronto, incluido usted.

El intento de golpe de estado del 23-F fue menos dañino, porque estábamos todos enfrente, porque no nos vendimos por 7 votos, porque el rey Juan Carlos y el gobierno preservaron las instituciones. Ahora resulta demoledor ver anulado al rey Felipe VI, dejándolo a los pies de los caballos a quien con aquel magnifico discurso del 3 de octubre 2017, calificó aquellos hechos de la Generalitat como “deslealtad inadmisible”, afirmando después: “Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común.” ¡Tome amnistía, majestad, que ahora va a firmar esa ley! ¡Mire cómo nos reímos de usted!

Pues sí, permutar una investidura por impunidad es corrupción política. La investidura de Sánchez resulta pues un asalto a las instituciones más dañino que el 23-F porque se hace desde dentro, por los supuestos garantes bajo juramento, eliminando sentencias de los jueces, magistrados y tribunales y horadando los cimientos constitucionales. Es una agresión realizada no de manera aguda, -como sucedió en el 23-F-, y susceptible de un tratamiento rápido y eficaz, sino como enfermedad grave cronificada, progresiva, y refractaria a tratamiento fácil o rápido. Muy mala pinta todo. Pronostico reservado: España amenazada.

 “Un político que además pretenda servir al Estado debe saber en qué momento el precio que el pueblo ha de pagar por su permanencia y su continuidad es superior al precio que siempre implica el cambio” (Adolfo Suárez, discurso de dimisión, Enero 1981.)

Juan M. Uriarte

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