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Montanaro: “Y MI PADRE LLORÓ”

Y MI PADRE LLORÓ

Era un amanecer del 20 de noviembre de 1975 cuando apenas cumplidos los 14 años vi llorar a mi padre, ni cuando un telegrama traidor  desvencijaba la madrugada para anunciar la muerte de mi tío lo había visto, fue temprano, él madrugaba en exceso, iniciaba, sin los primeros rayos del alba su jornada laboral abrazando aún la noche para que, aquél entrañable Economato de Marina estuviera operativo a primera hora, hacia las compras en lonja y coordinaba la recogida bien temprano, eso sí, antes rendía cuentas ante la Patrona, la Virgen de la Caridad, hoy desamortizada por los vientos políticos y las modas vanguardistas de la moral y la ética más profana, así, mi sorpresa cuando vi que la cara de preocupación era sostenida a la par que mesurada, y era por temor, mi madre a la quita, callada y preocupada, no entendía nada.

En casa no se hablaba de política, cada uno llevaba su fuero ideológico, o no, en penumbra, mi padre era un reconvertido de la guerra civil, allá por el año 1933/34 ingreso en la entonces Armada republicana española como fogonero, no existía ni siquiera el cuerpo de maquinistas, luego fue el posterior de máquinas, procedente de un pueblo de Albacete, Fuensanta y huérfano desde los 14, mayor de cuatro hermanos tuvo que buscar una salida temprana para poder mantenerlos allá en la lejanía, nadie pensaba que una cruenta guerra civil se ceñía sobre tierra patria en poco tiempo.

Y así, caprichos del destino, forma parte antes y durante la guerra de unidades destacadas de la marina republicana, en ese periplo fueron muchas las vidas que salvó evitándoles un “paseo” mortal a manos de las milicias republicanas, un uniforme a pesar de la graduación imponía, en este caso para bien, como creo que fue la inmensa mayoría.

Por hacer un rápido y sucinto paseo militar por aquellas unidades navales, destacó el José Luis Diez, notorio destructor que, tras el anacronismo de su ostracismo portuario en Bilbao participó de las principales gestas republicanas, por ejemplo, en octubre de 1934, intervino en auxilio de la Guardia Civil en Villanueva y Geltrú durante la revolución de octubre de 1934. En el 37 y en plena guerra se hacen cargo fuerzas de la Ertzaña y la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, y ahí conoce a un gran compañero y amigo que lo acompañaría a lo largo de muchas jornadas, un vasco de alma pura al que llamaba “el Cho”, nunca supimos su nombre, tras evacuaciones a Francia y navegar por el norte retoman el Mediterráneo en 1938 y son esperados por media flota que lo obligan a atracar en Gibraltar tras a una cruenta batalla naval donde es herido de gravedad, tras una mejoría es trasladado a Cartagena. 

Decían de este destructor que; “Tal fue el final -verdaderamente trágico- de este destructor, de vida accidentada, el cual, por poco hábiles que fueran su joven comandante y su dotación, se había comportado dos veces con valor y gallardía”. Decía la crónica gibraltareña; “A las 03:15 el destructor gobernado con máquinas y timón pues no obedecen los mandos regulares entra en Gibraltar atracando en el muelle del Almirantazgo. Las averías son grandes ya que la explosión del proyectil puso en comunicación el tanque de petróleo número 1 con el mar y como las bombas de combustible estuvieron picando de ese tanque, a los mecheros les llegó el agua en vez de petróleo y se apagaron. El sollado de fogoneros fue destrozado pereciendo en él los 24 pescadores prisioneros, así como su guardia y un tripulante enfermo. Hay numerosos heridos entre ellos 17 de los 18 ocupantes del puente. Los fallecidos son metidos en hamacas cosidas y con un proyectil en los pies son llevados por un destructor inglés a alta mar, sepultándolos bajo las olas, cerca de Punta Europa entra las reglamentarias descargas de fusilería”.

Posteriormente y dado de alta formó parte de la dotación del torpedero 14, el cual perturbó a la armada sublevada con notoria contingencia, tal fue un acto de guerra que a su recepción en el muelle cartagenero las crónicas aventuraban.  “Ayer tarde, a las seis entró en este puerto el Torpedero núm. 14, siendo recibido en el muelle por un gran gentío que aclamó a sus tripulantes. Al desembarcar el comandante don Fernando Oliva fue vitoreado y llevado en hombros al Ayuntamiento y después aclamado por numeroso público que no cesó de aplaudirle hasta Capitanía y después a su domicilio. Así mismo recibieron el homenaje del pueblo el resto de los tripulantes que han acreditado en este viaje su valor, su pericia y su lealtad.”

Por si fuera poco, también formó parte de la tripulación del destructor Jorge Juan en sus últimos periplos, por entonces y producto de aquellas trágicas elecciones del 16 de febrero, donde el Frente Popular ganó las elecciones con claro fraude en los recuentos de votos, se inició en Cartagena, al igual que en el resto de España, una serie de desmanes y abusos en todos los ámbitos, donde se intervino el comercio, la industria y la vida privada. El orden público se convirtió en el avasallamiento de las personas y entidades oficiales. Fueron impuestos obreros en sitios innecesarios. Reformas inútiles y sin fundamento para sacar dinero. Los bancos intervenidos, sin poder usar el dinero libremente para sus negocios o industrias. Los particulares se vieron obligados a admitir en los campos el crecido número de jornaleros que no tenían en qué trabajar. En las carreteras se asaltaban vehículos robando todo. Se implantó la más completa anarquía. Así entendí las madrugadoras lágrimas…

Con todo ello fue depurado sin ningún tipo de problema en Albacete por la Guardia Civil y se retomó su reingreso en la Armada, pero en un cuerpo no militar como era la 3º sección de la Maestranza. Esas lágrimas procedían del recelo de unas décadas de tranquilidad y libertad, tras la cruenta guerra y con espíritu de sacrificio, trabajo y esfuerzo se sacó adelante una familia numerosa, donde se siguió ignorando la política, dónde la máxima era el trabajo y la humilde felicidad del día a día de una familia numerosa y generosa, a esto colaboró o mejor dicho lo lideró, quizás la mejor persona que vio nacer esta humanidad, mi madre, hija de la lavandera de mi padre en tiempos de penuria, abandonando por causas superiores el colegio con 7 años dio con su ejemplo de trabajo, firmeza, esfuerzo, tesón y sobre todo cariño, ternura y mucha paciencia, alma y vida a esta simple y nada particular familia, dónde siendo el pequeño de 6 contaba con tres madres y tres padres y una compañera de viaje, la más cercana en edad. A lo largo de los años, no fueron pocas las personas que de manera sorpresiva venían a ver a mi padre desde tierras lejanas a agradecerle con lo poco que tenían las anónimas ayudas y favores realizados en la lejanía temporal, con defectos y con penurias el orgullo ha sido siempre nuestra bandera, la que nos ha guiado y nos guía, la que ha guiado a un ingente número de españoles. 

Esta es la verdadera memoria histórica que unos mamarrachos emborrachados de soberbia enfermiza y patológica arrogancia disfrazados de salva patrias de fortuna quieren hoy cercenar, esta es la memoria histórica que no histérica de la inmensa mayoría de los españoles que sacaron a un país destrozado adelante, esta es la verdadera memoria histórica que hoy las manipulaciones radicales izquierdistas quieren extirpar de la realidad, esta es la memoria histórica que no histérica de la inmensa mayoría a de una generación hoy sexagenaria que se educó con las raíces más profundas del sacrificio y la superación.

Valga este pequeño homenaje a mi padre en el cuarenta aniversario de su muerte, de su memoria, de nuestra memoria, imborrable e indestructible y la de todos los españoles que lucharon, que se quedaron en los caminos, en las cunetas, en los mares, en las trincheras absurdamente por intereses políticos criminales. Valga este homenaje a la generosidad de una clase política con mayúsculas hoy envidiada que forjó una transición y generó una democracia espejo de libertad y superación sin parangón hoy en peligro de extinción.

Peter Carey. “Nuestra ignorancia de la historia nos hace calumniar nuestros propios tiempos”.

Andrés Hernández

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