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Pedro y Pablo, jerarquía y carisma: Una enseñanza actual

Estamos en fechas de fin de curso académico y también celebraciones varias multicolor. La bandera que levanto hoy, veintinueve de junio es por Pedro y Pablo, cuya festiva solemnidad celebramos. Ambos son las dos columnas de la Iglesia. Ambos apóstoles, mártires y sobresalientes. Su festividad, celebrada conjuntamente no es al azar, sino que habla de similar dignidad y cierta analogía. Sin embargo, sus figuras también son de algún modo opuestas. Pedro posee entre los apóstoles el Primado. Simón Pedro es el jefe, representa la Jerarquía y recibió de Jesús el mandato del Primado en el colegio apostólico. Tu est Petrus. Pablo es cronológicamente el último de los apóstoles, pero el más excelente en su expansión de la fe cristiana; sus epístolas y viajes por el Mediterráneo universalizan el anuncio de Jesús de manera eficaz entre los pueblos no judíos. Pablo hace presente el Carisma, el don, la capacidad ejecutiva en la difusión del evangelio. Pablo, un carisma evangelizador único y especialísimo. Dice el prefacio de la misa de hoy: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el insigne maestro que la interpretó; aquél formó la primera Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió entre los paganos llamados a la fe.

La armonía entre la Jerarquía y el Carisma resulta necesaria para que toda sociedad, empresa o grupo humano funcione. De tal modo que, si existen asimetrías importantes, las tensiones hacen imposible la convivencia. Resulta capital que los jefes, no tengan celos de quienes aparecen con carisma, y que comprendan que los no-jefes no son un grupo gregario sin iniciativas. El autoritarismo (que en términos eclesiásticos podríamos llamarlo clericalismo), consiste en un ejercicio del mando no para el bien común, sino como exigencia y sometimiento que sofoca los carismas y las iniciativas personales. Todos hemos conocido o experimentado jefes así; sienten celos si un subordinado inmediato tiene éxito, tienen miedo a perder su primacía, y les preocupa que un inferior brille. Son un tipo de jefe egolátrico que no visualiza que su misión es coordinar y gobernar potenciando todas las capacidades o carismas. “El viento sopla donde quiere, y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene y a dónde va”

Los subordinados cercanos están inmediatamente bajo la jefatura, pero no son inferiores, no son más tontos; en verlo reside la valía y discernimiento del buen líder. Un jefe tiene en ocasiones que tomar decisiones en soledad -creo que rara vez debería ser en soledad absoluta-; es necesario que exista una cabeza, pero sobretodo como primado entre iguales, ‘primus inter pares’, comprendiendo que el éxito de sus Pablos hace brillar a ese Pedro. Por otra parte, la autonomía indisciplinada de un cerebro brillante, la falta de respeto del Carisma a la Jerarquía, fruto del orgullo personal, genera inestabilidad y rompe el grupo; en el ámbito católico en su grado máximo daría lugar a lo que llamamos el Cisma. En nuestra vida ordinaria y en especial en el ámbito laboral, las iniciativas autónomas aisladas pueden tener el riesgo del iluminado visionario y son desestabilizadoras si no utilizan cauces establecidos, que la jerarquía debe vehicular. La genial labor del subordinado no es una herramienta para desestabilizar a un jefe, sino aportación que beneficia a todos; los carismas están obligados a una razonable prudencia y a encontrar el acomodo dentro de los cauces normales, que debe facilitar la sensata Jerarquía.

Pablo supo consultar a Pedro y a los demás apóstoles en las primeras e importantes discrepancias; así surgió el primer concilio, que solventó aquellas iniciales dudas. En nuestro mundo existen también Pedros y Pablos. Dos personalidades, dos conceptos, dos visiones, dos arquetipos. Ambos necesarios, en un equilibrio sometido a tensiones, que deben ser más teóricas que reales, pues el aprecio mutuo (me gusta más llamarlo amor) a la misión de cada uno sobrepasa envidias, incomprensiones o afán de protagonismo.

Una última cosa: Ambos dispuestos a dar la vida, dispuestos al sacrificio y a la entrega. Pedro y Pablo no fueron dos altos ejecutivos de la iglesia incipiente. Ambos congregaron, por diversos caminos, a la única familia de Cristo y, coronados por un mismo martirio, son igualmente venerados por tu pueblo.

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