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PENSANDO EN VOZ ALTA: EL ZULO DE LA VERGÜENZA

PENSANDO EN VOZ ALTA

EL ZULO DE LA VERGÜENZA

No es que haya “zulos de la alegría” y “zulos de la vergüenza”, no. Con el título de la columna de hoy quiero reflejar la poca vergüenza y la poca dignidad que tienen algunas personas al visitar la reproducción del zulo; en el Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, en Vitoria; en el que estuvo secuestrado José Antonio Ortega Lara. Todos ustedes habrán adivinado que me refiero al presidente del gobierno, presidente que lo es con el apoyo, entre otros, de Bildu. Sabemos que una forma de agradecer este apoyo es haber trasladado a la gran mayoría de presos etarras a prisiones próximas a sus lugares de procedencia. Al día de hoy quedan, apenas, cuatro etarras por ser trasladados. ¿Qué hace una persona con estos mimbres haciéndose una foto en el infierno que fue para Ortega Lara?

Ayer me puse en contacto con José Antonio y en una breve conversación me hizo ver lo poco de acuerdo que está con el presidente de gobierno y la zozobra que le causa muchas de sus actuaciones, en concreto me dijo: «Esta vez me molestó que este personaje que humilla a las víctimas, beneficia a sus asesinos y gobierna con bilduetarras fuese a hacerse una foto al zulo, como si se tratara de un espectáculo circense».

Ortega Lara pasó secuestrado, en el zulo, 532 días: Fecha del secuestro -17 de enero de 1996-. Fecha de la liberación -1 de julio de 1997-. Liberado por la Guardia Civil de una “fosa” de 3 metros de largo, 2,5 de ancho y 1,8 de altura. A este maldito lugar se accedía por una apertura de 56 centímetros de diámetro. Entrada que estaba debajo de una máquina que pesaba casi 3000 kilos (quince guardias civiles se necesitaron para desplazarla y dejar expedito el paso).

Durante este tiempo, Ortega Lara malvivía en el zulo junto a dos ollas proporcionadas por los etarras, una con agua para que se aseara y otra vacía para que hiciera sus necesidades. El agujero había sido ‘amueblado’ con una tumbona, una mesa y una silla plegables, una percha y un estante colgados en la pared. Además, los terroristas le habían dado un walkman y varios libros para entretenerse y el periódico, que se lo daban solo los días que se portaba bien y que podía leer durante las horas que se encontraba encendida la bombilla, que no eran demasiadas. Al principio, el funcionario conversaba cordialmente con sus captores. Al final, apenas si los saludaba. “Ya no tenía muchas ganas de seguir hablando, porque acabábamos discutiendo y entonces me dejaban sin periódico y sin luz”, confesó en 2007 en una entrevista, donde incluso reveló que hasta llegó a preparar su suicidio dentro del cuarto. “Elaboré unas bolsas con basura trenzadas con un pequeño mecanismo de seguridad para no fallar”, admitió.

Es tremendo leer estas cuestiones en la prensa, pero más fuerte es oírlo de propia voz. Más inaudito fue ver, durante varios años, como salía a la calle -siempre acompañado por una pareja de la Guardia Civil, de paisano-. Por circunstancias de la vida conocí personalmente a José Antonio, varios años después, e hicimos una gran amistad. Pasear con él creaba expectativa por la calle. En Pamplona, por ejemplo, tuvimos que soportar una serie de gritos de gente que no lo quería. Siempre que íbamos a comer la escolta comía también muy próxima a él. En una ocasión coincidieron en una cena el equipo de guardia y su relevo.

Por cuestiones que no vienen al caso ahora mismo, en 2006 estuvo en Cartagena, invitado por mí, junto con otras personas para celebrar unas reuniones de trabajo. Fue en el mes de septiembre el fin de semana que se iniciaba Cartagineses y Romanos. Vino acompañado, como no, de sus ángeles de la guarda. Llamábamos la atención allí donde íbamos. Posteriormente nos hemos vuelto a ver en la trimilenaria y seguimos manteniendo el contacto.

Hoy me apetecía recordar estos hechos en paralelo con la inauguración de “el zulo de la vergüenza”.    

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