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Ser un radical

Salvo los melifluos sangre horchata que les da igual arre que so, casi todo el mundo tiene por ejemplo una opinión sobre el gobierno Sánchez o la ultraderecha en Europa. Los apasionados/alterados por la política no me preocupan, más bien me gustan; me cabrea más el anodino político, la ameba, el ectoplasma, el modelo Rajoy que ni siente ni padece. ¡Qué tristes me resultan esos que ufanamente presumen de ser apolíticos, como si eso fuera una posición, cuando solo es pasotismo y anhedonia, o incluso frivolidad egoísta!

Dicen que hay polarización y radicalidad ¿Eso es malo?  Depende, según cómo se entienda. Un ejemplo de hace pocos años. España, noche electoral, elecciones de Abril 2019. Los simpatizantes socialistas acuden a Ferraz a celebrar la victoria y sus 123 escaños conseguidos coreaban: “¡Con Rivera, no, con Rivera, no!”   Mmm, ¿por qué no?, pregunto yo ahora, años después. ¿Por qué no era factible explorar un diálogo con la fuerza política limítrofe al PSOE dada la insuficiencia parlamentaria lograda?  Y añado: ¿Por qué ese grito de enmienda a la totalidad a todo lo que existe a la derecha del PSOE sigue constituyendo hoy el quicio donde descansa el actual inquilino de la Moncloa? ¿Por qué todo lo que se encuentre a la derecha del PSOE es ultraderecha indecente y cruzarlo es un Rubicón que según sus postulados haría derrumbarse el sistema moral de la izquierda?

Pongo ese ejemplo de 2019, porque el “¡Con Rivera, no!” me resulta icónico y paradigmático del actual establishment gobernante de España y sus articulistas de cabecera: ¡Con Rivera, no, con aquel tampoco, con las variadísimas y multiformes ultraderechas, nada de nada, ni agua! ¿Al enemigo parlamentario ni agua, aunque lo hayan votado millones de personas? ¿Será que tampoco se comparte el sistema político democrático de monarquía parlamentaria? ¿Hay que renegar del régimen de 1978 para volver a las historias del abuelo encarcelado por rojo, de no sé qué ministro actual, o de la tía abuela fusilada por las milicias por ir a misa del otro?

Aguanto la respiración y dejo la pregunta suspendida en el aire caliente y espeso de este verano. Esa radicalización maniquea que deslegitima a la mitad del hemiciclo no me gusta, ciertamente.

Polaridad y radicalismo. Ser un radical, ¿es que eso es malo? ¿Tener convicciones de fuertes raíces es malo?  Lo malo no es la radicalidad sino la discordia. No llamemos discordia a las discrepancias severas y hasta hostilidades dialéctico-políticas. No es eso la discordia. La discordia consiste en no querer vivir juntos, Julián Marías dixit.Eso es lo peor que puede sucederle a una sociedad.

La discordia política, la negación de la capacidad de vivir juntos, es el problema a erradicar, que literalmente significa arrancar desde la raíz. Sin embargo, sensu contrario, hoy hago un elogio de la radicalidad. Radical significa capaz de descubrir las causas ocultas del suceso que vemos; eso significa ir a la raíz (radix) del asunto. Radical no significa ser violento ni intransigente, sino basarse en el fundamento, tener una postura con sólido sostén en vez de una lábil y mutable apariencia. Entonces la opinión política propia siendo fundadísima, “radical”, debe ser capaz de convivir sin que el otro sea enemigo. Tengo un desafecto enorme por la persona de Sánchez, no logro comprender al PSOE actual, mudo ante la transmutación ideológica que ha sufrido por mero pragmatismo utilitario de una investidura. No lo comprendo, me irrita intelectualmente, pero… no quiero no poder vivir con ellos. Combato interiormente y contra gradiente para desechar todo tipo de resentimiento político. Despejemos las selvas de la suspicacia, decía JF Kennedy.

Hace ya sesenta y tres años del maravilloso discurso de toma de posesión de JFK y qué vigentes son sus palabras: “No negociemos nunca por temor, pero no tengamos nunca temor a negociar”. Leer hoy ese discurso es recibir un frío bálsamo que alivia inflamaciones. Necesitamos mucho esas actitudes. Necesitamos líderes con luces largas y mirada alta que aporten esperanza y sin que eso signifique pusilanimidad ni relativismo en las propias convicciones; radicales en los principios, pero capaces de acordar con el diferente. Tolerantes, pero no bizcochables, abiertos, pero no pagafantas; radicales, pero sin discordia. Y mucha paciencia. La buena política cristaliza en actitudes que van más allá de plazos milagrosos a votantes narcotizados con discordia e ilusorias promesas electorales. Nunca es tarde. Ya lo dijo en aquel lejano 1961 el jovencísimo presidente Kennedy: No se llevará a cabo todo esto en los primeros cien días. Tampoco se llevará a cabo en los primeros mil días, ni en la vida de este gobierno, ni quizá siquiera en el curso de nuestra vida en este planeta. Pero empecemos”.

Juan M. Uriarte

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